hasta mi muerte, y antes de que éstas llegue, espero que me daréis
el consuelo de no dejar que se extinga mi
estirpe.
--Haré cuanto me ordenéis. --repuso Raúl profundamente
conmovido.
--Raúl, haced que vuestro empleo de ayudante de campo no os conduzca
a tentativas demasiado arries-
gadas, tanto más cuanto está acreditado vuestro valor. Acordaos
de que la guerra de los árabes es de em-
boscadas y asesinatos.
--Así dicen.
--Dejar la vida en una emboscada es poco glorioso, Raúl, pues acusa temeridad
o imprevisión. ¿Me
habéis comprendido bien, Raúl? No permita Dios que os exhorte
a rehuir el combate.
--De lo mío soy prudente, señor, y la suerte me es muy propicia,
--dijo Raúl dejando vagar por sus la-
bios una sonrisa que heló el corazón del desventurado padre. Y
al ver el efecto de su sonrisa, se apresuró a
añadir: --Tan es así, que en veinte combates a que he asistido
no he sacado más que un rasguño.
--Además, --prosiguió Athos, --es menester que os guardéis
del clima, porque es un fin muy vulgar
morir de una fiebre. El rey san Luis suplicaba a Dios que antes que la calentura,
le enviase una flecha o la
peste.
--Con la sobriedad y un ejercicio moderado...
--Ya he obtenido del señor de Beaufort, --atajó Athos, --que cada
quince días expida a Francia un co-
rreo, lo cual correrá a vuestro cargo como edecán suyo. Supongo
que no me olvidaréis.
--No, señor, --respondió Raúl con voz entrecortada.
--En definitiva, Raúl, como sois buen cristiano, y yo también
lo soy, debemos contar con una protección
más especial de Dios o de nuestros ángeles custodios. Raúl,
prometedme que si os sobreviene un mal, seré
yo el primero en quien penséis.
--¡Oh! señor, os lo prometo.
--Y que me llamaréis inmediatamente.
--Sin perder momento, señor.
--¿Soñáis conmigo alguna vez, Raúl?
--Todas las noches, señor. Durante mi primera juventud, os veía
en sueños, sosegado y cariñoso con la
mano tendida encima de mi cabeza. Por eso dormía siempre tan bien...
antes
--Nos amamos demasiado, --dijo el conde, --para que desde el momento de nuestra
separación, parte
de nuestro ser no viaje con uno de nosotros dos y no habite donde habitemos.
Mi corazón sentirá la tristeza
cuando vos estéis triste, y cuando os sonriáis pensando en mí,
me enviaréis desde aquella lejana tierra un
rayo de vuestra alegría.
--No os prometo estar alegre, --repuso Bragelonne; --pero sí os juro
que, como no se oponga la muerte,
no pasaré una hora sin que yo piense en vos.
El conde, no pudiendo contenerse por más tiempo, echó los brazos
al cuello de su hijo, y lo retuvo abra-
zado con todas sus fuerzas.
A la luna había reemplazado el crepúsculo matutino, una dorada
faja subía sobre el horizonte, anuncian-
do la llegada del nuevo día.
Athos echó su capa sobre los hombros de Raúl y le condujo a la
ciudad, convertida en inmenso hormi-
guero.
Al extremo de la meseta que acababan de abandonar, Athos y Raúl vieron
un bulto negro que se movía
con indecisión y como avergonzado de que le vieran. Era Grimaud que,
inquieto había seguido a sus amos,
y les aguardaba.
--¡Ah! ¡mi buen Grimaud! --exclamó Raúl, --¿qué
quieres? ¿Vienes a decirnos que es la hora de la par-
tida?
--¿Solo? --profirió Grimaud mostrando Raúl a Athos y en
son de reproche que demostraba claramente
cuán trastornado estaba el anciano.
--Es verdad, es verdad, --repuso el conde. --No, Raúl no partirá
solo; no permanecerá en extraña tierra
sin un amigo que le recuerde los seres de él amados.
--¿Yo? --preguntó Grimaud.
--¿Tú? ¡Ah! sí, sí, --exclamó Raúl
conmovido hasta lo más íntimo de su corazón.
--¡Ay! --objetó el conde, --¡estás muy viejo, mi buen
Grimaud!
--Mejor, --replicó el anciano con inefable profundidad de sentimiento
y de inteligencias.
--Pero ved que ya se está efectuando el embarco y tú no estás
preparado --dijo Bragelonne.
--Sí --contestó Grimaud mostrando las llaves de sus maletas ligadas
con las de su joven señor.
--Pero tú no puedes dejar de esta suerte solo al señor conde --
objetó Raúl. --Tú no has dejado nunca al
señor conde. Grimaud volvió su oscurecida mirada hacia Athos como
para conocer el parecer de uno y de
otro, y al ver que aquél nada respondía, repuso:
--El señor conde prefriere que os acompañe.
Athos hizo una señal afirmativa con la cabeza.
En aquel momento llenó los aires el redoble de los tambores: de la ciudad
salieron los regimientos que
debían formar parte de la expedición, cinco en todo, compuestos
cada uno de cuarenta compañías. El regi-
